Ella se desplaza entre columnas de acero y mármol
Se duerme al abrigo de una música eterna
Ella mira desde el fondo de una caja de sorpresas
Se levanta y baila hasta perder la inocencia
Ella me habla con la suavidad de los espíritus que danzan
Va por la vida como una prueba de la presencia de los ángeles
Ella todo lo destruye con su mirada encendida y los dientes apretados
Avanza graciosa y decidida hasta el final del camino
Ella no le teme a la oscuridad ni al silencio
Oye una música constante, una melodía sólo por ella conocida
Ella huyó una noche de la casa de un dios griego
No es posible que su reflejo diga la verdad de su presencia
Ella se sienta de espaldas al bullicio y enciende en sus ojos el brillo de la tempestad
De su boca mana el viento que refresca los ciruelos al atardecer
Ella con su pálida luz, alumbra las lentas tardes de otoño
Se desplaza entre columnas de acero y mármol
Ella se desplaza a dos centímetros de la tierra, entre mares de blanca luz.

Poema de mi hijo Josep